
¿Pero qué son y cómo influyen en nuestro organismo y calidad de vida?
Investigadores mendocinos estudian el fenómeno del estrés oxidativo.
Este proceso puede combatirse mediante la ingesta de antioxidantes como las vitaminas A, C, E, el selenio, el zinc, y los ácidos poliinsaturados, como el omega 3. Encontramos estos compuestos en frutas, vegetales, cereales, legumbres y pescados.


Estos compuestos químicos son muy reactivos al perder un electrón.
Adicionando a la alimentación la ingesta de menor cantidad de carnes rojas, puede suministrarse el electrón buscado sin necesidad de que lo hagan sacándolos de las membranas de las células.
Los investigadores tomaron tres poblaciones: carnívoros u omnívoros, ovolacteovegetarianos y vegetarianos estrictos o veganos, para determinar cómo los diferentes tipos de alimentación podían incidir en el proceso.

Pablo Mezzatesta, uno de los integrantes del equipo, resaltó que “los veganos, al consumir más vegetales –que tienen más antioxidantes- tienen mayor protección a nivel celular, lo que retrasa el envejecimiento”. Añadió, además que “los carnívoros o los de dieta omnívora tienen más preponderancia a lo contrario”.
Entre los resultados se destaca que el 51% de los participantes presentó valores altos de especies reactivas del nitrógeno (radicales libres). Al compararlos con el hábito alimentario se observó que en las personas con bajos valores prevalecía la dieta vegetariana (49%) mientras que en quienes tenían niveles elevados el 90% era omnívoro y, a su vez, consumía muy pocos vegetales.

La directora del proyecto, Emilia Raimondo, aporta aspectos fundamentales para reducir los efectos del estrés oxidativo: “adoptar hábitos de vida saludable (hacer ejercicios físicos tres veces por semana), descansar de 7 a 8 horas por día y evitar hábitos tóxicos como el alcohol y el tabaco, entre otros”.
“A lo anterior se suma la búsqueda de cierta armonía interior a la hora de vivir y afrontar los acontecimientos cotidianos, lo que contribuirá positivamente a todo este proceso de interrelaciones”, concluye la investigadora.
“Se trata de una investigación aplicada que sirve a la salud pública como método preventivo para evitar enfermedades o como método predictivo en el caso de que las mismas ya existan, pudiendo sugerir cambio de hábitos en pacientes bajo consulta, con una mayor evidencia científica. Por otra parte, este tipo de estudios sienta las bases para realizar programas educacionales, con el fin de mejorar estilos de vida o hábitos alimentarios” especifica el texto del trabajo.
El equipo de investigación concluyó un ciclo de cuatro años en 2016 y a partir del 2017 continúa enfocándose en las mismas tres poblaciones, pero relacionando su alimentación con las enfermedades crónicas no transmisibles, lo que tendrá un perfil más ligado a la salud pública. Ellos son:L. Sánchez; C. Llaver; P. Mezzatesta; J. Díaz; B. Barrionuevo; J. Magrini Vilchez; S. Milone; DG. Flores; M. Kemnitz; V. Avena; L. Gascón; M. Carrizo; G. Giménez Bora; E. De Battista; R. Sosa; E.López Preli; L. Lima; G. Nardella y M. Retamar, de la Facultad de Nutrición de la Universidad Maza, dirigidos por E. Raimondo.
Universidad Juan Agustín Maza - Facultad de Ciencias de la Nutrición-Mayo de 2017
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